Ya era muy tarde y mi rostro cansado sólo me desalentó. Volteé el espejo contra la pared para tranquilizarme – hasta hoy lo dejé así. Bajé corriendo las gradas y al abrir la puerta –desgracia mía– un viejito con una enorme sonrisa llena de arrugas me miró. Traía un trajecito café muy gastado y un sombrerito gracioso sobre su escaso pelo blanco. Su rostro estaba tan bronceado por el sol y su cuerpo muy encorvado. Agarraba apenas un bastón con su magullada mano izquierda.
- Permiso, caballero, estoy apurado –le dije.
- ¿No tienes hora, joven? –difícilmente balbuceaba el viejo.
Traté de decirle de nuevo que estaba apurado y que no molestara, pero me dio pena. También tenía curiosidad por saber para qué quería la hora ese viejo. Le dije que ya eran las 7:45 al ver mi reloj, y me fui. Me gritó entonces: “¡Ayúdame a pasar al frente!”
¿Qué le pasa a este señor?, me pregunté. ¿Quién se ha creído para darme órdenes? “Por favor, joven, también estoy apurado”, me dijo. Soy la persona más curiosa del mundo; sólo por eso lo ayudé a pasar al frente. Quería saber dónde tenía que llegar tan afanado el viejito. “Estoy yendo a la plaza Murillo a darles comidita a las palomas. A las ocho de la mañana bajan para desayunar; hay que ir a arrojarles maíz, migas de pancito.” Así charlando se fue el viejito.
No recuerdo si ese día llegué tarde al trabajo; pero de lo que estoy seguro es que, desde ese mismo día, no quise voltear el espejo del baño. Tenía miedo de ver mi rostro cansado, cada día más avejentado. Simplemente no quería ver el paso del tiempo sin poder detenerlo, sin poder retener hasta la eternidad los años que no volverán: mis mejores años. No me animaba a sentir la nostalgia de jugar en el callejón con los chicos o conseguir novia y andar preocupado por la música. Sobre todo, no quería ver que estaba empezando a parecerme a ese viejito.
Pero hoy es diferente: hoy estoy listo para ver por fin mi reflejo. De nuevo son las 7:45... aunque ya no me preocupo por llegar tarde al trabajo, ni en encontrar novia, ni en la música o en vestirme como me gusta, ni mucho menos en encontrar amigos. Lo único que importa ahora es llegar a tiempo para darles desayuno a las palomas; se me hace tarde. Lo veo y ya no me parece un objeto inerte; ahora pienso que cada arruga representa el paso del tiempo de lo que fue mi vida: llena de preocupaciones temporales que le dieron sentido y me hicieron feliz.
(Texto publicado en http://www.voicesofyouth.org) |