Las familias son diferentes por lo que la intervención debe adaptarse a las características propias de cada una de ellas.
Padres y madres receptivos a los consejos de los educadores buscan formación e información sobre las etapas de desarrollo que atraviesan sus hijos. La maternidad y paternidad a edades más tardías provoca una falsa sensación de debilidad. Algunas personas no se sienten con fuerza para resolver conflictos al llegar la adolescencia de sus hijos.
Las dudas suelen surgir en la educación afectivo-sexual y el consumo de alcohol o drogas. Los conflictos en la convivencia se pueden intensificar durante esta etapa, el entrenamiento en habilidades para su resolución mejora el manejo de estas situaciones.
“La dificultad la encontramos cuando las familias creen que el tiempo dedicado es excesivo. La importancia de estas pautas educativas para ellas es mínima”, explica Jiménez. Algunas personas se sienten humilladas. Entienden las Escuelas como un fracaso en la educación de sus hijos. Se sienten cuestionadas por su estilo educativo. “Nadie me va a decir a mí cómo educar a mis hijos”, es una frase recurrente entre los padres y madres que acuden a las sesiones. Los educadores tienen que trabajar la frustración inicial y el rechazo.
Es necesario acercar las Escuelas de Padres al entorno y contexto más cercano de las personas en riesgo de exclusión social. Son las que presentan mayores dificultades y requieren un seguimiento específico.
Todas las personas, en algún momento, necesitamos compañeros de viaje que guíen nuestros pasos. El acompañamiento no significa hacer por el otro lo que por sí solo cree que no es capaz. Deben saber que no han fracasado como padres y madres, nadie les enseñó a serlo. El aprendizaje es un camino.
Claudia Brihuega Ortiz Periodista |