La sociedad de consumo ha conseguido disfrazar el deseo descontrolado por lo material bajo la “necesidad”. No “queremos”, sino que “necesitamos”. O al menos eso nos gusta pensar. La felicidad parece haberse convertido en algo material, tangible, y caro.
Cada vez se fabrica, consume y desperdicia más, con un mismo nivel de recursos. Este ritmo desenfrenado acarrea graves consecuencias. La tala indiscriminada de árboles, la desaparición de especies, el calentamiento global y la contaminación son algunas de ellas. En 1961 se necesitaban dos tercios de los recursos de la tierra para satisfacer las necesidades, hoy serían necesarias más de una tierra y media para mantener el nivel de consumo actual.
La locura de la especie humana ya afecta a las demás especies del ecosistema. No vivimos solos en este planeta. Como dijo el filósofo Alan Watts, “No parece que seamos capaces de ajustarnos al medio sin destruirlo”.
Existen alternativas sostenibles a este modelo, pero la pertinacia social sobre el deseo de lo material dificulta el cambio. Quizás la solución sea encontrar la felicidad en las relaciones humanas, en aquello que es inmaterial, como la amistad, en vez de en objetos. Quizás sea que el dinero en sí no da la felicidad y que debamos abrirnos hacia otras dimensiones.
María Mestre Hurtado
Periodista |