Bajo el cielo plomizo y el frío que cala los huesos en Xalapa, un murmullo recorre las mesas de los cafés: el gigante ha cedido. Se confirma que, finalmente, los emisarios de Grupo Salinas cruzaron el umbral del SAT. No llegaron para litigar, sino para capitular. El magnate Ricardo Salinas Pliego, tras años de desafiar al Estado, ha manifestado su intención de liquidar, de una vez por todas, su histórica deuda con el fisco.
Estamos hablando de una cifra que estremece: 51 mil millones de pesos. Es el peso de una evasión añeja acumulada entre pantallas de televisión, tiendas de consumo y ventanillas bancarias. Ese imperio, que parecía intocable, se vio acorralado por el tic-tac del reloj.
El acercamiento decisivo ocurrió el pasado jueves 22 de enero, justo cuando el abismo se abría a sus pies y el gobierno lanzaba una sentencia inapelable: aquí no hay perdón, solo la ley.
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Si bien el monto final podría verse suavizado por los vericuetos del Código Fiscal, la derrota es total. No hubo escapatoria tras los fallos definitivos de la Suprema Corte a finales de 2025. Aquellos años de litigios soberbios, de defensas encarnizadas y de desprecio por el erario, terminaron estrellándose contra el muro de la justicia. Aunque el pago no se concretó el viernes 23 como se esperaba, el gesto de acercarse al SAT marca el fin de una era de resistencia fiscal.
Pero cuidado: esto no es un final, es el prólogo de una guerra. En el tablero político, Morena acaba de ver el nacimiento de su enemigo más feroz en la derecha.
Salinas Pliego no se irá en silencio. Regresará con un discurso cargado de hiel, alimentado por el odio hacia los programas sociales y, sobre todo, por un resentimiento profundo contra los jueces que lo obligaron a pagar.
El magnate ha soltado el oro, pero ha afilado la espada. La pregunta en los cafés de la capital ya no es cuánto pagará, sino cómo cobrará su venganza. |