El propio termómetro social lo deja claro. El pueblo desconfía de los partidos, los aborrece, no los quiere, los detesta. Y no es cuento, ya que, según la ENCIG del INEGI, los partidos políticos aparecen en el último lugar de confianza entre 25 instituciones, con apenas 28.9% de aprobación. En esa medición, desde luego no escapan los políticos de MORENA, cuya huída de gran parte de ellos de las filas del PRI, PAN o PRD, no los limpia de la mala fama que en lo personal y como políticos y funcionarios públicos se ganaron en su momento al ser señalados.
Cada posicionamiento parece responder más a intereses partidistas que al interés público. Dirigentes y legisladores defienden aquello que les garantiza recursos, posiciones y permanencia en el poder.
PT y PVEM, por ejemplo, rechazan aspectos centrales de la propuesta porque su permanencia en el Congreso depende en buena medida de las posiciones plurinominales. Su representación directa en las urnas suele ser limitada y los escaños y curules de representación proporcional resultan clave para su supervivencia política.
Por su parte, PRI, PAN y MC, han advertido que la reforma pondría en riesgo la equidad y la representación democrática. Movimiento Ciudadano incluso ha propuesto ampliar el voto a jóvenes de 16 años, una iniciativa que —según sus cálculos— podría beneficiarle electoralmente.
En otros puntos la resistencia también es evidente: la eliminación del fuero constitucional, la no reelección, el combate al nepotismo, una mayor fiscalización y cambios en el esquema de financiamiento público, son el verdadero “gato encerrado” del debate y no necesariamente en los temas que han dominado la discusión mediática.
Por ello, no sería extraño que la reforma avance con rapidez, aunque no necesariamente en todos sus términos. Incluso si el resultado final no satisface plenamente la iniciativa original, políticamente podría resultar conveniente para la Presidenta, pues el intenso debate expuesto ha exhibido las resistencias de los partidos a modificar las reglas que sostienen sus privilegios. Lo curioso es que la Presidenta pudo ir directamente sobre la reglamentación para modificar sin mayoría calificada los puntos que señalé como “gato encerrado” y no lo hizo así, a menos que Sheinbaum haya preferido esa vía para mover el avispero en todo lo alto.
Hoy el pueblo ve, lee y escucha. Las redes sociales han abierto una ventana permanente a la política. Lo que antes conocía apenas una minoría interesada en la política, hoy circula a diario en millones de pantallas y dispositivos electrónicos.
Por eso en política ya no pesa únicamente lo que se aprueba en el Congreso. Pesa (y mucho) lo que la discusión deja al descubierto.
En esta reforma electoral lo que ha quedado claro es que muchos partidos no temen perder el debate… temen perder los privilegios económicos y políticos.
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(COLUMNA "FIGURAS Y FIGURONES") |