Con los periodistas sucede que su actividad les da una visibilidad especial y además están conectados con uno de los derechos civiles más caros de la sociedad, el de la información, que ha costado muchos sacrificios y muchas muertes a lo largo de nuestra historia, y que en los últimos siete años se ha visto seriamente amenazado ante la embestida gubernamental en contra de la prensa crítica e independiente.
Son verdaderamente inexplicables los insultos de autoridades de los tres niveles, aventados a quienes se atreven a disentir de las opiniones gubernamentales, a quienes desvelan actos de corrupción de funcionarios o a quienes critican errores públicos que atentan en contra del bienestar del pueblo.
El discurso autoritario que da línea a toda la Cuarta Transformación desde la mañanera de la presidenta Sheinbaum solamente ha servido para dividir la opinión ciudadana, para sustentar una confrontación permanente y para establecer un clima de linchamiento hacia quienes tratan de ejercer con cierta nobleza el noble oficio de informar las cosas como suceden, con la mayor honestidad profesional posible.
Por eso tanta prisa en desmentir que alguien ha sido asesinado por contar la verdad, por publicarla, por revelar la corrupción latente.
Pero si creen que con desviar el origen del crimen éste dejar de ser tal, están muy equivocados y en el pecado llevan la penitencia, porque los cinco o seis veracruzanos que no son periodistas y que a diario son asesinados en Veracruz no son simplemente números de una estadística más o menos mentirosa, sino personas de carne y hueso que igualmente les duelen a padres y madres, a esposas e hijos, a hermanos y amigos, de la misma forma que a la sociedad le duele cuando un comunicador es callado a través de la violencia.
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