No se trata solo de cercanía personal, sino de una coincidencia ideológica sostenida en el tiempo. Mientras muchos cambiaron de bando según la conveniencia, ellas permanecieron firmes, caminando desde la oposición hasta la consolidación del poder. Esa constancia hoy se traduce en responsabilidad: gobernar bajo los principios que durante años defendieron.
Sin embargo, la lealtad también implica retos. Ser parte de un mismo proyecto político durante tanto tiempo exige demostrar que no solo se es fiel a una figura, sino a la ciudadanía. La continuidad no puede ser sinónimo de inercia. Debe reflejar evolución, resultados y autocrítica.
En un país marcado por la volatilidad política, donde las alianzas suelen ser efímeras, la permanencia de perfiles como Sheinbaum y Nahle abre una discusión necesaria: ¿la lealtad fortalece la gobernabilidad o limita la pluralidad?
La respuesta no es simple. Pero lo que es innegable es que, tras más de 20 años de acompañamiento, hoy tienen en sus manos algo más grande que un proyecto político: la oportunidad de demostrar que la fidelidad también puede traducirse en resultados tangibles para la gente.
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