En Veracruz, particularmente en la región norte y la franja huasteca, este tema no es lejano ni abstracto. Municipios como Castillo de Teayo, Tihuatlán y Álamo han aparecido desde hace años en el mapa de interés energético por su potencial para la fractura hidráulica. Del otro lado, en Puebla, Venustiano Carranza, Xicotepec de Juárez y Francisco Z. Mena también forman parte de esa geografía donde el desarrollo prometido suele llegar acompañado de incertidumbre, división social y daños ambientales.
Por eso preocupa que se pretenda instalar un comité que, desde su diseño, parezca más orientado a justificar una decisión previamente tomada que a abrir una verdadera evaluación pública. Si no existe la posibilidad real de recomendar la prohibición del fracking, entonces no estamos frente a ciencia ni diálogo, sino frente a una simulación institucional.
Hablar de soberanía energética también exige honestidad. No se puede llamar soberanía a seguir profundizando la dependencia de combustibles fósiles, abrir más infraestructura gasífera y sacrificar territorios completos en nombre del abastecimiento. Eso no es independencia; es prolongar un modelo que ya mostró sus límites y sus consecuencias.
La verdadera soberanía energética debería construirse desde la transición, no desde la obstinación. Apostar por energías limpias, por modelos regionales sostenibles y por políticas que respeten el territorio y la salud pública tendría mucho más sentido que seguir defendiendo una técnica cuya reputación internacional está marcada por la controversia.
México no necesita mejores excusas para seguir perforando la tierra; necesita mejores decisiones para dejar de hacerlo. El fracking no debe perfeccionarse, debe superarse. Porque cuando el progreso exige sacrificar agua, aire y dignidad, deja de ser progreso y se convierte en deuda histórica. Está columna se publica los lunes, miércoles y viernes.
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