Porque si algo queda claro, es que el turismo no ocurre por accidente. Es resultado —cuando se hace bien— de planeación, promoción y trabajo institucional. Desde la administración pública de Rocío Nahle, apostar por el turismo es una estrategia de desarrollo.
Haber impulsado estas políticas tiene sentido cuando se observa la respuesta: ocupaciones elevadas en hoteles, alta demanda en restaurantes y playas que, incluso en el último día, siguen vivas. Como ex secretario de Turismo de Veracruz, reconozco la importancia de estos periodos. No solo por lo que representan en ingresos, sino por lo que proyectan: confianza, destino y capacidad.
Que haya turistas hasta el último es señal de que algo está funcionando.
Pero también hay otra lectura, menos cómoda.
El regreso a clases marca el retorno a la normalidad, sí, pero también expone la fragilidad de un modelo que depende de temporadas altas. Por eso, el verdadero reto no termina con Semana Santa. Empieza después, cuando las playas se vacían y la economía local debe sostenerse sin el impulso masivo de visitantes.
Mientras tanto, la imagen es clara: operativos de seguridad activos, recomendaciones en marcha y una despedida paulatina de quienes regresan a sus lugares de origen. Veracruz se vacía… pero no del todo.
Porque siempre queda algo: la expectativa del siguiente fin de semana, la esperanza de otra temporada, y la certeza de que el turismo —bien entendido— no es solo una industria, es una forma de vida.
Y en ese vaivén entre descanso y rutina, entre llegada y despedida, el puerto vuelve a lo suyo: esperar. Porque sabe que, tarde o temprano, alguien más llegará buscando lo mismo… un respiro. Está columna se publica los lunes, miércoles y viernes. |