Mire usted nomás (o “mira tú nomás”, según quien lo lea) la cantidad de personajes que según el lopezobradorismo merecen la justicia y gracia juarista:
Es inocente el gobernador Rubén Rocha Moya, y también lo son el senador Enrique Inzunza Cázarez, el alcalde de Culiacán Juan de Dios Gámez Mendívil y los otros siete colaboradores de Rocha acusados por una corte federal de Distrito de los Estados Unidos. Y debemos creerlo porque la Presidenta ha repetido hasta
el infinito que el Gobierno yanqui no ha presentado pruebas, pruebas, pruebas en contra de ellos.
Son inocentes igualmente el contralmirante Fernando Farías Laguna y su hermano el vicealmirante Manuel Roberto de los mismos apellidos, sobrinos políticos de quien fue Secretario de Marina en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, acusados según ellos injustamente de ser los operadores del huachicol fiscal, que le robó a la hacienda pública 600 mil millones de pesos.
En ese caso, es inocentísimo el tío almirante José Rafael Ojeda Durán (xalapeño por cierto, lo que produce un orgullo inverso a los nacidos en la hermosa capital de Veracruz), quien ni siquiera ha sido mancillado con el velo de la sospecha más transparente, y permanece fuera de toda investigación, siguiendo las instrucciones del patriarca macuspano.
Y también son inmaculados para la justicia mexicana el hermano Adán Augusto López Hernández y con él la senadora impoluta Andrea Chávez. Igualmente lo son los miembros de la vasta progenie de los Monreal en Zacatecas, el viajero frecuente Gerardo Fernández Noroña, todos los funcionarios corruptos que pululan en los tres niveles de gobierno guindas, y los operadores políticos que se roban elecciones.
Bueno, hasta los delincuentes organizados son unas blancas palomitas para la ley mexicana.
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