No fue una respuesta menor. Porque en política, cuando existe la posibilidad de exhibir fracturas internas, cualquier reacción emocional puede convertirse en gasolina para adversarios y acelerador de futurismos.
Nahle optó por desactivar el conflicto en lugar de alimentarlo.
Y ahí está quizá la principal lectura política del episodio: privilegió la estabilidad del movimiento antes que entrar a un choque público con el grupo político de Cuitláhuac.
Eso no significa necesariamente que todo haya quedado olvidado.
Porque dentro de Morena también saben distinguir entre diferencias políticas legítimas y los excesos de ciertos personajes que, al amparo del poder pasado, construyeron intereses, heredaron posiciones y hoy siguen moviendo piezas rumbo al 2027 y 2030.
Sus nombres son conocidos. Por eso el mensaje de Nahle fue doble: hielo para el conflicto político abierto… pero no necesariamente amnistía para quienes aún juegan a las vencidas desde las sombras.
Y ahí es donde el episodio dejará escuela: mientras unos apostaban por el choque, Nahle decidió jugar al control político.
Destaca en el tema la defensa política y el cierre de filas hacia Nahle de cuatroteístas y que el dirigente de Morena, Esteban Ramírez Zepeta, al coincidir con la gobernadora prefiriera no soplarle al anafe, pues su papel no es dividir sino el de unir.
Y en tiempos de calenturas sucesorias, eso también es poder.
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(COLUMNA "FIGURAS Y FIGURONES") |