La reforma reproduce exactamente esa analogía: una herramienta técnicamente legítima, un criterio políticamente elástico, y un árbitro que no responde a la neutralidad por diseño institucional, sino a la voluntad del que lo nombró.
Y algo más. Para la economía de nuestro país, los flujos de inversión extranjera suelen ser determinantes y se reflejan en el establecimiento de grandes empresas globales. Por lo que la pregunta obligada es: ¿en qué momento la participación legítima de un actor internacional en la vida económica o política de México puede ser reencuadrada como "intervención" y usarse para impugnar un resultado? Nadie lo sabe. Y la incertidumbre sobre las reglas es, en sí misma, el riesgo de un alto costo.
En los viejos tiempos del PRI, éste no necesitaba de estas reformas. Su blindaje era silencioso y más brutal: ninguna autoridad externa al partido podía atreverse a anular una elección. Ellos controlaban todo. Hoy Morena legisla desde una posición distinta —controla mucho, pero no todo— y esa diferencia es exactamente la que les hace necesaria la reforma: asegurar el resultado de las elecciones, obviamente a su favor.
Lo que el antecedente priista revela no es que Morena sea peor, sino que está en una etapa diferente del mismo instinto animal por el poder: diseñar las reglas para tener el control que les garantice la permanencia.
Y la pregunta obligada a todos los partidos es esta: ¿qué harían ellos con esta reforma en sus manos? Si el PAN, el PRI o MC llegaran al poder con esta causal vigente, ¿la derogarían al día siguiente o la guardarían por si acaso?
Porque lo que esta reforma nos demuestra es que el poder corrompe y aturde la razón de quienes, aun sabiendo que su tiempo es limitado, tratan por todos los medios posibles —legales o no— de mantenerse a costa de lo que sea. Así tengan que acabar aplastando y destruyendo la misma democracia. Porka Miseria.
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