Esa costumbre señalada en contra de algunos protagonistas de la Cuarta Transformación representa una podredumbre que mancha a su movimiento y pone en peligro de contagio a otros militantes que aún actúan de buena fe y que no han perdido el rumbo original, que los hay.
Morena está llegando a una etapa de su desarrollo como partido en que debe aceptar la crítica y ejercer la autocrítica, lo que le permitiría enderezar algunos renglones torcidos y exacerbar la honestidad primigenia que impulsó al movimiento.
Es momento en que los líderes mayores deben empezar a quitar las manzanas podridas para adecentar la Cuarta Trasformación y regresar al camino de la simpatía popular, que ha ido perdiendo a fuerza de un discurso obstinado que insiste a base de mentiras en que todo va perfecto en el país.
En Veracruz se sabe que hay morenistas que no están acoplados con la voluntad de ayudar a los más necesitados; de sacrificar lo que tienen para dárselo a los desposeídos.
Son grupúsculos muy localizados y sus integrantes pueden ser reconocidos por sus acciones antipopulares e ilegales (“Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?” Evangelio de san Mateo, 7:15-17).
Es muy fácil identificarlos. Mucho menos complicado, por ejemplo, que determinar quiénes verdaderamente son periodistas en Veracruz.
Los mocheadores están ahí, a tiro de vista de la observación ciudadana. Nada más es cosa de llamarlos a cuentas, de hacer que regresen lo robado, que sean juzgados por la ley y que sean expuestos al escarnio popular.
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