La misma telenovela, con capítulos nuevos.
El 22 de agosto, El Norte publicó que la revolvedora involucrada en un accidente mortal en Nuevo León pertenecía a una empresa en la que aparece como socio un yerno de Nahle. La tragedia debe investigarse y las autoridades tendrán que determinar las responsabilidades del conductor, del propietario de la unidad y de la empresa. Pero aun si el vínculo corporativo estuviera plenamente acreditado, eso no convierte a la gobernadora de Veracruz en responsable directa, indirecta, política o moral de un accidente ocurrido en otra entidad.
El problema está en el enfoque. ¿Cuál es la relevancia periodística de colocar el parentesco con la gobernadora como elemento central del encabezado? La información pudo referirse a la empresa propietaria, sus condiciones de operación y las responsabilidades legales derivadas del percance. Introducir a Nahle mediante su yerno parece responder más a una estrategia de asociación política que a una necesidad informativa. El parentesco termina utilizado para inducir una percepción de culpabilidad por proximidad.
El segundo episodio apareció ese mismo día en la columna “Los duros contra Sheinbaum y Rocha en rebeldía”, de Salvador García Soto. El articulista afirmó que Nahle habría servido como “enlace” de Andrés Manuel López Obrador para transmitir instrucciones relacionadas con el regreso de Rubén Rocha Moya al gobierno de Sinaloa. También habló de reuniones “subrepticias” y de supuestos registros de llamadas, pero sin mostrar esos elementos al público. La columna presenta estas afirmaciones atribuyéndolas a fuentes de Palacio Nacional.
Nahle respondió sin rodeos: “Oooootra mentira más de @SGarciaSoto en el @El_Universal_Mx, es un falsario. ¡Es un honor estar con Obrador!”. El periodista, lejos de aportar las pruebas reclamadas, escaló la confrontación y la llamó “mentirosa compulsiva”.
Nadie pretende negar el derecho de un columnista a interpretar, especular o plantear hipótesis políticas. El problema surge cuando una interpretación se presenta con apariencia de información confirmada, pero sin proporcionar al lector los elementos necesarios para distinguir entre un hecho comprobado, una versión anónima y una conclusión personal.
La protección de las fuentes constituye una herramienta indispensable del periodismo. Sin ella, numerosos casos de corrupción y abuso de poder nunca habrían sido conocidos. Pero el anonimato no puede transformarse en un cheque en blanco ni sustituir permanentemente la evidencia. Cuanto más grave sea una acusación, mayor debe ser el rigor para sostenerla.
Tampoco puede ignorarse el contexto nacional. Rocío Nahle representa una defensa abierta del movimiento de la Cuarta Transformación, mantiene su respaldo a Andrés Manuel López Obrador y ha cerrado filas con la presidenta Claudia Sheinbaum. Su posición política, capacidad de interlocución y peso dentro de Morena inevitablemente generan resistencias e incomodidades.
Mientras la conversación pública pretende quedar atrapada en rumores y asuntos familiares, Veracruz tiene discusiones mucho más importantes: inversiones, infraestructura, modernización del transporte, recuperación financiera y presencia gubernamental en territorio. Es ahí donde la oposición y el periodismo deben colocar la lupa, exigir resultados y documentar errores.
Criticar al poder es indispensable. Investigar a una gobernadora también. Lo inadmisible es pretender ganar credibilidad mediante insinuaciones que nadie está obligado a aceptar como verdad por el simple hecho de haber sido publicadas.
La intensidad de los embates demuestra que Nahle no es una figura marginal. Su capital político, su cercanía con el obradorismo y su respaldo a Claudia Sheinbaum la convierten en un objetivo estratégico. Y precisamente por eso ha decidido responder: porque permitir que la mentira, la asociación familiar y la repetición ocupen el lugar de los hechos equivaldría a entregarles la verdad a quienes desean construirla desde el rumor.
Al tiempo.
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