Sin aspavientos, sin publicidades exageradas y con toda la modestia de un hombre extraordinario, el doctor Camilo ofrecía su consulta a un precio risible, cinco pesos, que muchas veces ni siquiera cobraba ante la pobreza visible de muchos de sus pacientes, que salían cargados con la receta, la medicina y el agradecimiento. Aunque vivió de manera decorosa, no se hizo rico como otros, porque su objetivo no era ganar dinero sino remediar males.
Era un caso singular el de este médico que traía en su memoria brillante la historia clínica de todos los misantecos y sabia qué remedio recetar, qué tratamiento ordenar, que consejos dar. Porque era doctor de cuerpos y de almas. Muchos acudían a pedirle orientación sobre sus vidas, sobre sus familias, hasta sobre sus amores. Otros lo nombraban árbitro en pleitos de amigos, de parentescos, de hermanos.
Era un cacique bueno de las almas y de los mejores sentimientos.
A casi 40 años de su fallecimiento, en Misantla aún lo recuerdan y casi todos saben a quién se refiere la céntrica calle que orgullosamente lleva su nombre. Y con su recuerdo, siguen surgiendo las leyendas y las anécdotas del doctor del pueblo.
Va una:
El doctor Camilo reponía cualquier miembro del cuerpo que algún cristiano perdiera. Era experto en orejas, que recolocaba casi con una sola mano como las matronas hacen trutrú. Que si alguien se había cercenado un dedo con el machete, se lo llevaba a él y de inmediato se lo cosía vena por vena, cartílago por cartílago, hueso por hueso. Que si era una mano o hasta un brazo, ahí lo tenían remendando con toda paciencia la carne talada para que el miembro volviera a hacer su función como si nada.
Cierta vez, un hombre fue decapitado por un certero machetazo y le llevaron el cuerpo en andas de un catre cargado por cuatro tamemes y la cabeza metida en una bolsa de plástico, convenientemente cerrada.
—Doctorcito, le traemos este cuerpo y esta cabeza para ver si los pega de nuevo.
—Lo hubiera podido hacer y bien, pero cometieron un error garrafal: metieron la cabeza en una bolsa hermética, ¡y por eso llegó asfixiada!
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