A esta última le han propuesto llamar La Gran Marcha (o La Larga Marcha), en alusión a la égida del Ejército Rojo de Mao Ze-dong en 1934-35, que recorrió 10 mil kilómetros huyendo de las tropas nacionalistas de Chiang Kai-shek.
De regreso a nuestro país y a la época presente, en La Larga Marcha mexicana estarían todos, todos, toditos los protagonistas de la Cuarta Transformación subidos en el presídium y otros en las primeras filas del evento, convenientemente separados de la pelusa con las vallas con las que entorilan a la soberbia.
Estarán allí junto a AMLO, la presidenta Claudia Sheinbaum, los otros tres hijos flanqueando a Andicito, el Gabinete en pleno, la directiva mayor de Morena, los coordinadores de los diputados y los senadores, los gobernadores morenistas, el Gobernador Verde de San Luis Potosí, varios embajadores mexicanos y hasta el sangrón de Epigmenio Ibarra haciéndose guaje con su inservible cámara de video al hombro.
También allá arriba, los directivos de los partidos aliados. Y en la primera fila de sillas, sentaditos y calladitos, los magistrados de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y otros jueces destacados. Y se trata de llevar el mayor número posible de empresarios de primer nivel, encabezados por Carlos Slim.
Algunos quisieron quedar bien y proponer algunas líneas para el discurso del patriarca, pero éste los paró en seco y amenazó con que escribiría el mensaje solo, cuando mucho con el apoyo mecanográfico y la mala leche de Jesús Ramírez.
La fecha propuesta es el domingo 6 de septiembre, siempre y cuando no haya algún evento o declaración del Gobierno de Donald Trump que obligue a acelerar la celebración del mitin.
El (ex)Presidente está pidiendo que se acarree a 500 mil asistentes, con el fin de que los medios oficiales y los privados que están cooptados manejen una cifra inventada de dos millones de personas en favor del incómodo vástago.
No hay nada seguro todavía, pero la conversación avanza y dicen que el Mesías está muy animado con la idea.
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