Más allá del proceso judicial, queda una pregunta aterradora: ¿en qué momento un niño dejó de ser visto como alguien a quien proteger?
La misma pregunta aparece frente al asesinato de Claudia Tacoronte, estudiante española de 21 años que realizaba un intercambio universitario en Morelos. Fue atacada con arma blanca en Cuautla y su muerte es investigada bajo protocolo de feminicidio; reportes universitarios han señalado como posible contexto un intento de robo. Su asesinato incluso provocó que universidades españolas replantearan sus programas de movilidad hacia determinadas regiones mexicanas.
Pero la deshumanización tampoco distingue especies.
En Tanhuato, Michoacán, un video mostró a un hombre arrojando lo que aparentemente era agua hirviendo contra dos perros. La Fiscalía michoacana abrió una investigación por crueldad animal; uno de los ejemplares fue localizado y puesto bajo resguardo, mientras continuaba la búsqueda del segundo.
En Xalapa, semanas atrás, una denuncia ciudadana condujo al rescate de una docena de perros de un domicilio de la colonia Santa Rosa. Organizaciones animalistas denunciaron posibles actos de crueldad, abuso sexual e incluso utilización de animales en presuntos rituales. Son acusaciones que corresponde esclarecer plenamente a las autoridades, pero cuya sola naturaleza retrata niveles inquietantes de degradación.
Y la violencia también se ha instalado en la conversación pública.
En Veracruz, el enfrentamiento político alrededor del gobierno de Rocío Nahle García ha alcanzado niveles de enorme hostilidad. Sus simpatizantes califican parte de las críticas como una campaña de odio; sus opositores sostienen que ejercen legítimamente su derecho a cuestionar al poder. La crítica periodística y política es indispensable en democracia, pero otra cosa es sustituir argumentos por insultos, rumores o ataques personales. Del mismo modo, cualquier señalamiento sobre supuestos intereses económicos de medios, convenios gubernamentales o motivaciones particulares exige pruebas y no solamente sospechas.
Porque deshumanizar también consiste en convertir al adversario en enemigo, en pensar que quien opina distinto merece ser destruido, humillado o silenciado.
Y quizá ahí esté el hilo conductor.
Un niño convertido en víctima. Una joven asesinada. Animales torturados. Personas reducidas a objetos del odio político. Redes sociales donde la tragedia se consume durante unas horas entre indignación, insultos y videos, antes de desplazarse hacia el siguiente escándalo.
Nos estamos acostumbrando.
Y acostumbrarse a la barbarie es una forma silenciosa de participar en ella.
Resulta paradójico que hoy discutamos con enorme preocupación hasta dónde llegará la Inteligencia Artificial, mientras dedicamos mucho menos tiempo a preguntarnos hasta dónde está retrocediendo nuestra inteligencia emocional, nuestra empatía y nuestra humanidad.
Podremos desarrollar máquinas capaces de razonar, escribir, diagnosticar y aprender. Pero ninguna tecnología podrá salvar a una sociedad que pierde la capacidad de sentir dolor ante el sufrimiento ajeno.
El verdadero desafío de México quizá no sea impedir que las máquinas algún día parezcan humanas.
Es evitar que nosotros terminemos comportándonos como si hubiéramos dejado de serlo.
Al tiempo.
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